Foucault sobre el poder

Como siempre, esto va dedicado “a quien le sea útil”, sin importar edad, género, ideología, etc. Pero voy a agradecer a mi amigo Santiago Dunne, que me dio la idea de hacer un condensado de algunas nociones sobre saber y poder, muy prácticas a la hora de interpretar, y sobre todo matizar las noticias y opiniones de diarios, dirigentes políticos, actores económicos, etc. Mi idea original era ir presentando algunas de estas cuestiones a la par de análisis de casos concretos, para que sea más digerible, pero veamos como resulta esto.

Sin duda, el principal referente a la hora de tratar la compleja relación saber-poder es el filósofo francés Michel Foucault (1926-1984), a quien le debemos la mayoría de las ideas aquí tratadas. No obstante, me tomo la libertad de conjugar sus aportes con los de algunos pensadores de la misma línea como Lacan, Deleuze, Derrida, etc; sin sentirme obligado a señalar estrictamente libro, página y año, dado que lo importante es que nos quede la idea de lo que planteamos, y no el debate erudito. Comenzamos:

I. Sólo conocemos “la realidad” a partir de los discursos que nos hablan de ella.

El lenguaje, la capacidad de comunicarnos con palabras, con las posibilidades creativas y los límites que esto supone, es tal vez lo que más nos define como humanos.  Nos valemos de la lengua para dar cuenta de nuestras experiencias, para condensar nuestra relación con el mundo que habitamos, y generar un saber acerca de nuestro entorno natural, nuestro entorno social o de nosotros mismos. Este saber puede ser consciente o inconsciente (“aquello que no sabemos que sabemos” diría Lacan). Puede quedarse en meras opiniones individuales o adquirir un grado elevado de consenso, rigurosidad y validación empírica y convertirse en “conocimiento”, tal como el que constituye las actuales disciplinas científicas como la física (nuestro entorno natural), la sociología o antropología (nuestro entorno social), o bien la psicología y filosofía (nosotros mismos).

La producción de distintos saberes relativos a nuestra experiencia resulta intrínseca a nuestra condición humana y a la necesidad de encontrar sentido a los distintos aspectos de nuestra existencia. Asimismo, lejos de identificar al saber como un todo uniforme, el mismo circula en forma de distintos discursos: el “discurso religioso”, el “discurso económico”, “discurso político”, etc.; cada uno con estructuras diferentes, con diversas reglas para determinar relaciones entre “las palabras y las cosas”, con diferentes jerarquías y relaciones entre los conceptos y métodos para determinar qué es lo esencial y que resulta insignificante en cada uno de sus respectivos campos.

Pero dado que el ser humano es un ser social por naturaleza, la producción de discurso resulta una actividad colectiva, que se da a la par de la interrelación diaria entre las personas. Lacan establecía la centralidad del discurso en la relación entre las personas, definiéndolo como “aquello que utiliza los recursos del lenguaje para forjar el lazo social”.

De tal forma, ese conjunto complejo, cambiante, heterogéneo que constituye el mundo que habitamos, resulta inabarcable pero siempre intentamos interpretarlo a través del lenguaje, a través de los distintos discursos que tratan de dar algún sentido a la realidad que nos rodea. A su vez, esta tarea de significación, no se realiza en solitario, sino que es parte constituyente de la relación entre los sujetos, de los intercambios y las experiencias compartidas que dan sustancia a nuestra vida social.

II. “El tiempo es la imposibilidad de la verdad de coincidir consigo misma”

En cada sociedad, en cada época histórica, prevalecen discursos que sostienen qué es lo bueno y lo malo, la razón y la locura, lo verdadero y lo falso. Pero lo que este postulado nos señala es que los discursos que dan cuenta de la realidad cambian a lo largo del tiempo. Lo que consideramos verdadero hoy, puede ser puesto en duda mañana, para ser totalmente descartado luego.

Así, mientras la civilización occidental atravesó la Edad Media intentando encontrar explicaciones fundamentalmente religiosas del mundo, con el paso de los siglos la concepción mayoritaria de la población Europa y sus herederos culturales fue variando hacia a una visión más racionalista y economicista. De la misma forma, mientras que durante la mayor parte del siglo XX millones de personas dieron su vida por ideas políticas, en los años ’90 se proclamó el “fin de las ideologías” y durante la década pasada nuevamente el debate político cobró importancia en América Latina.

Los ejemplos podrían multiplicarse, pero resulta claro que aquellas “verdades” que resultan incuestionables en determinado momento histórico, son luego denostadas u olvidadas en una época posterior. Aunque claro, hablamos en términos generales, ya que como hoy tenemos fundamentalismos religiosos (Al Qaeda, Estado Islámico) en plena globalización, también la Edad Media tuvo sus Galileos y Copérnicos…

III. Los discursos son socialmente construidos

Como señalábamos en el punto I, el ser humano es un  ser social y hasta el más ermitaño de los hombres se halla en contacto permanente, desde su más tierna infancia hasta el final de sus días, con las opiniones, pareceres, discursos de otras personas. Los discursos que dan sentido a nuestras vivencias, aparte de darse en un contexto histórico preciso, son producto de una elaboración colectiva y están en permanente transformación.

Cada sociedad elabora y convalida saberes particulares, que dan sentido y refuerzan sus costumbres, creencias y vínculos mutuos. Así, en la Edad Media la fragmentación política hacía que los límites nacionales fuesen difusos, pero la pertenencia a la comunidad religiosa cristiana otorgaba a los europeos un sentido de identidad distintivo. Durante esa época, los reyes dependían en buena parte de mercenarios pagos para ir a la guerra. No obstante, a partir de la revolución francesa fue notoria la emergencia del sentimiento nacional, al punto que Napoleón observara cínicamente sobre lo mucho que un soldado podía pelear por un pedazo de tela de colores…

En efecto, hasta nuestros actos más cotidianos y rutinarios se fundan sobre determinados conceptos acerca de la Nación, las relaciones de amistad, de vecindad, etc. que continuamente nosotros y nuestro entorno reafirmamos con nuestro accionar. No obstante, lejos de ser este un panorama estático, los comportamientos y significados que damos por sentados están sujetos al cambio e indefectiblemente signados por la dimensión del poder 

IV. La construcción social implica el poder

Los distintos discursos, saberes que dan sentido a nuestra existencia, son ciertamente cambiantes e incompletos, pero casi nunca “inocentes” deberíamos agregar. Al estar insertos en la vida social, los discursos se enlazan con las relaciones de poder que atraviesan a toda sociedad.

En toda sociedad existen quienes tienen el poder y quienes se pliegan a la voluntad de los primeros. Asimismo, quienes obedecen pueden hacerlo convencidos, de forma pasiva o bien resistiendo activamente. En todos los casos, unos y otros adoptan y/o producen diferentes discursos que legitiman su posición en desmedro de la adoptada por sus adversarios. Por más superficial o cruento que resulte el enfrentamiento entre partes, este nunca se da desprovisto de los saberes que legitiman las distintas posturas.

Podríamos usar un ejemplo anodino: en una discusión rutinaria entre sindicalistas y empresarios acerca del nivel de salarios, los primeros podrían basarse en una lectura keynesiana y los segundos en una liberal de la economía para justificar sus respectivas opiniones. Pero hasta en la segunda guerra mundial y la guerra fría, las partes enfrentadas articulaban discursos justificatorios mientras ponían a la humanidad al borde de la desaparición física.

Desde luego, NO estamos planteando aquí un relativismo total en el que “todo da lo mismo”. Para el caso anterior, más allá de la pseudo-ideología que propugnaba el nazismo llegó a un nivel tal de aberración que muchos autores lo identifican con el Mal Absoluto, con mayúscula. A su vez, la sofisticación teórica de cierta intelectualidad europea que defendía a los regímenes de tipo soviético, no quita que los mismos fuesen sistemas totalitarios y represivos que ante la primera señal de debilidad se derrumbaran sin que ningún sector de la sociedad saliera en su defensa. Lo que sostenemos aquí es que hasta las formas más violentas y descarnadas de ejercer el poder se apoyan en determinados discurso que intentan justificar su indefendible proceder.

En el siglo XVII, el gran teórico político Thomas Hobbes, señalaba la importancia de la fuerza en el ejercicio del poder, al sostener que los pactos que no descansaban en la espada son “meras palabras”. Keynes, por su parte, remarcaba la importancia del saber al señalar que los líderes se encuentran generalmente influenciados por las ideas de los economistas y los filósofos políticos. Pero lejos de caracterizar al saber y al poder como polaridades, lo que intentamos señalar es que las formas de saber imperantes en una sociedad y las relaciones de poder que conforman la misma se encuentran en todo momento interrelacionadas.

En resumen, de forma continua se enfrentan distintos saberes que avalan, cuestionan o legitiman una determinada “relación de fuerzas” en la lucha por el poder. Tanto aquellos quienes buscan la paz y la seguridad de continuar el statu quo, como aquellos que pugnan por “otro orden más justo” se encuentran  en una confrontación por el poder que da forma y a su vez es condicionada por/y condiciona las formas de saber que imperan en un determinado momento histórico.

V. El poder está desigualmente distribuido.

En la actualidad, existen reputados autores que sostienen que cada sociedad se da sus discursos fundamentales mediante un libre y democrático debate  entre iguales. No obstante, por más que el ideal democrático guíe las constituciones modernas, lo cierto es que a lo largo de la historia siempre algunos fueron “más iguales que otros”.

No se trata de una cuestión demasiado radical, simplemente piense cuánto más pueden influir la mente y el corazón de millones de ciudadanos los dueños de los grandes medios de comunicación o los gobiernos de turno, con su monstruoso poder comunicativo, que usted y yo querido lector, que nos encontramos compartiendo modestamente esta reflexión desde nuestros respectivos hogares…

Y sin embargo, ahondando un poco más en este problema nos adentramos en una forma esencial por la cual los discursos se enlazan con las formas de ejercicio del poder. En efecto, existe cierto “malentendido” recurrente en torno a la idea de democracia” Pensémoslo: resulta una idea tan común pero difícil de definir con precisión a la vez. Y es un valor tan preciado que hasta los gobiernos que más alejados están de nuestra imagen de democracia, se declaran como tales. Para el caso, el nombre oficial del que es probablemente el régimen más autoritario y represivo de la actualidad, Corea del Norte, es “República Popular Democrática de Corea”.

La cuestión es que lo que nos orgullecemos de tener actualmente en el mundo occidental son “democracias liberales” para definirlo con exactitud. Son el resultado de dos tradiciones de discurso que por siglos se desarrollaron por separado. La tradición democrática se basa en la idea de igualdad “sustancial” entre quienes constituyen un Pueblo, y enfatiza la participación en la cosa pública y la voluntad de las mayorías como guía del destino de la Nación, aun cuando esto significase pasar por alto ciertos derechos de las minorías. Por su parte, la tradición liberal hace énfasis en la libertad y los derechos inalienables del individuo y plantea una igualdad “formal”, la igualdad ante la ley, cuyo fin último es resguardar la vida, la libertad y los demás derechos fundamentales del individuo frente a los excesos de las mayorías y del Estado.

Pero el devenir histórico llevó a que luego de la segunda guerra mundial, estas dos tradiciones heterogéneas de discurso se unieran en las actuales democracias modernas, por oposición a los extremos totalitarios del fascismo y del comunismo soviético. Así, puede darse el caso que un gobierno que dice estar avalado por la voluntad popular, generalmente por medio de las urnas, considere todas sus medidas democráticas y justificadas, mientras que otros sectores que sienten que sus derechos son vulnerados por tales decisiones, acusen al mismo gobierno de poco democrático. En este caso, tan recurrente en América Latina, podemos decir que ambas partes están en lo cierto, según enfaticen el componente liberal o el componente mayoritario de presente en nuestro concepto actual de democracia. En efecto, en este tipo de discusiones que han sido omnipresentes en la última década en la región, vemos cómo la competencia por el poder y los distintos discursos que interpretan la vida social y política se encuentran íntimamente relacionados.

VI. El poder es difuso y NO ES unidireccional.

No obstante, nos queda cierto consuelo. Como el poder mismo no es algo que se acumula infinitamente, sino que se funda en las frágiles y cambiantes relaciones humanas y en determinadas formas de saber, nunca se encuentra absolutamente concentrado en un punto. De tal forma, a Julio César, Napoleón y demás líderes ilustres, por más ambición, recursos y habilidad con que contasen, siempre encontraron cosas que escaparon a su poder de decisión y así tuvieron su gloria y luego su ocaso.

Maquiavelo sostenía que la caprichosa fortuna gobierna al menos la mitad del destino del gobernante, y su habilidad y capacidad para hacerse con el poder y mantenerlo, tal vez la otra mitad. Comparaba así al azar con un río por momentos turbulento y a la habilidad humana como meros diques que los poderosos intentaban poner en el camino para desviar su curso… pero hasta el más sutil político perece cuando la corriente de la adversidad se torna indomable.

A su vez, como resulta evidente en el actual mundo global, una infinidad de actores sociales (Estados, empresas, sindicatos, bancos, ONG) tienen diversas cuotas de poder y vehiculan con distinto éxito estrategias y discursos para mantenerlo y aumentarlo. El poder no reside en un único centro, y hasta los jefes de Estado de las principales potencias siempre estuvieron y están condicionados por una multiplicidad de intereses políticos, económicos, históricos, que limitan su accionar.

Y lo que es más importante aún: no existe poder que no se sostenga en determinados saberes o discursos y en el consenso, en distinto grado tácito o explícito, activo o pasivo de los propios gobernados o dominados. Esto resulta evidente en aquellas situaciones en las cuales el poder se intenta sostener única y exclusivamente por la fuerza y termina pereciendo indefectiblemente en el corto plazo.

Volviendo a Napoleón, una vez que logró la conquista de una España totalmente intolerable al dominio francés, el “Gran Corso” consultó a su sabio canciller sobre las posibilidades de mantenerse en el poder por la fuerza. Éste acertadamente respondió que “las bayonetas sirven para muchas cosas, salvo para sentarse sobre ellas”.

En el mundo en desarrollo actual, sobran los ejemplos de gobiernos autoritarios y bien aferrados al poder que, cuando perdieron su legitimidad al fallar visiblemente en cuestiones políticas y económicas que los identificaban, fueron derrocados en cuestión de meses por la misma población que permaneció callada y temerosa por años.

El caso de la llamada “primavera árabe” da cuenta de los múltiples resultados a que los que puede dar lugar un estallido en pos de democracia y mejores condiciones de vida. En cuestión de meses, se dieron manifestaciones masivas en el medio oriente contra gobiernos que llevaban décadas en el poder. En Túnez, triunfó el movimiento de protesta y se estableció un gobierno constitucional y democrático luego de décadas de autoritarismo. En otros lugares se dieron estrepitosos fracasos. En Egipto la situación todavía es incierta. Y en Libia y Siria, se vio a las claras hasta qué punto gobiernos que parecían destinados a retener el poder de generación en generación dependían de un enorme aparato represivo y de la primacía de ciertos sectores étnicos sobre los otros. Lamentablemente, estos últimos casos se constituyeron en tragedias humanitarias que todavía persisten.

Pero América Latina ha sabido consolidar su democracia luego de décadas de inestabilidad institucional y violencia política. Y más allá de la persistencia de condiciones de desigualdad y los problemas del desarrollo, existe un fuerte consenso en la región, que va más allá del color político de los gobiernos de turno, en pos de sostener las instituciones democráticas y la integración regional. En este sentido, es importante sostener que desde la visión de las relaciones de poder, aquellos valores por todos compartidos, como el sistema democrático, no se logran de una vez y para siempre, sino que su construcción es una tarea necesaria y continua, fundamentalmente en los países que todavía transitan la senda del  desarrollo y con antecedentes de fragilidad institucional.

VII. El espacio de cada uno. Una propuesta…

Por más decepcionante que resulte hablar de un poder omnipresente y abarcativo, nuestra libertad está lejos de terminar en la mera garantía de que ningún colectivo humano consiente la tiranía cruda, despojada de justificación por mucho tiempo. En lo más mínimo. Cada uno de nosotros es un ser singular y abierto a una multiplicidad de posibilidades, de devenires en conjunto con aquellos que nos rodean. Por más que los condicionamientos parezcan insalvables, no lo son, sino que siempre está ahí la posibilidad del sujeto de reinventarse y de valerse de la palabra y la acción para dejar atrás los límites que antes parecían insondables y crear, construir nuevas posibilidades con quienes nos rodean.

En tiempos donde se consagra la inmediatez, es necesario darse el tiempo para reflexionar. Cuestionar aquello que nos dicen que es lo bueno, lo bello y lo verdadero para todo el mundo, sin excepción, para encontrar aquello que a cada uno de nosotros nos resulta, interesante, notable, importante. Ni ser pesimistas, ni preocuparse por demás, sino vivir advertidos.

Advertidos de que lo que hoy nos plantean como incuestionable, tal vez ayer no existía y mañana caiga en el olvido. Advertidos de que nadie es dueño de la verdad absoluta, y que detrás de los discursos que se emiten desde lugares de autoridad existen intereses, condicionamientos, una historia que los marca. Advertidos de que no podemos vivir sin límites, lograr todo como nos dicen ciertos sloganes comerciales, pero sí podemos cuestionar nuestro lugar en el mundo en virtud de nuestro deseo y hacer de este un lugar mejor para nosotros y los que nos rodean. Sin utopías (que como los proyectos políticos totalitarios del siglo XX terminaron en la violencia y la desilusión), pero con esperanza, con ganas, consientes de nuestras limitaciones, pero también de nuestras muchas potencialidades.

Y  el saber cumple un gran papel en esto. Los griegos lo entendían perfectamente. En efecto, mientras en la modernidad mantenemos una relación mayormente diferenciada entre el sujeto que conoce y objeto de conocimiento externo a él, “acumulamos” más y más conocimientos como si fuese un bien más, sin que esto represente cambio alguno en nuestra cosmovisión del mundo, en la antigüedad la cosa era distinta. Autores contemporáneos han redescubierto este relación tan particular de los antiguos con el saber, quienes creían que el aprendizaje constituía un cambio  fundamental en el sujeto, tanto en los aspectos éticos, en la relación consigo mismo y los demás, así como en sus concepciones filosóficas y en algunos casos también políticas y religiosas. El saber era parte de una experiencia transformadora, más que un bien acumulable e intercambiable. Se atendía al conocimiento científicamente comprobable, pero también a aquél saber que desde la experiencia lúcida, la historia, la comprensión de la “condición humana” se constituye en Sabiduría.

El mundo globalizado nos presenta oportunidades pero también incertidumbre. Y esto va tanto para las naciones como para los individuos. Nos encontramos en un mundo en plena transformación, más integrado pero también con la aparición de nuevos actores de poder emergentes. Con la continuidad pero también el cuestionamiento de la institucionalidad internacional vigente desde el siglo pasado. Con un crecimiento global robusto en la década pasada, que sacó a una enorme cantidad de personas de la extrema pobreza, pero que hoy da lugar a una nueva clase media global con demandas más complejas. Con individuos como nosotros, interesados en promover el debate sobre el mundo actual, para el cual entendemos hace falta una comprensión del poder más acorde a estos tiempos. Aunque tal vez no hayamos abordado el 1% de lo que puede decirse sobre la cuestión, nos resulta interesante y creemos necesario iniciar el debate sobre esta temática.

En algún momento leí de parte de Deleuze que un saber no tiene ninguna importancia si no nos ayuda a vivir más libres. Podríamos agregar también, a vivir más “prevenidos”, más familiarizados con nuestras muchas limitaciones pero también mucho potencial. En tal sentido, coincidimos con Foucault y Deleuze en concebir al saber como una “caja de herramientas” con múltiples conceptos que pueden o no resultarnos útiles para transitar el apasionante e interminable debate sobre el mundo que nos rodea. La rigurosidad del pensamiento debe acompañarse de ese espíritu de exploración, que lleva a transitar nuevas sendas que se muestran prometedoras, ante la perspectiva del éxito, a pesar del riesgo del fracaso. Lo importante, según entendemos, es continuar apostando al discurso lúcido y sincero, confiar en la palabra como vínculo con los múltiples interlocutores por venir. Hacer camino al andar. Mantener la sed por el conocimiento pero ir a la par entrenando el ojo agudo de la sabiduría.

En DUNITAR…

…apostamos a que esto suceda. A rescatar la importancia de la palabra, a encontrar esos 5, 10 minutos  de reflexión diaria que nos dan una visión más lúcida de las restantes horas de vértigo. Pensar en la forma en que sea posible en este tiempo y tender una mano, una palabra tan lúcida y rigurosa como podamos hacia ustedes para que, entre el silencio que consagra tanta velocidad, algo se inicie…

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Franco A. Tarducci

Licenciado en Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de Rosario. Actualmente cursando estudios de Maestría en Finanzas en la misma Universidad. Me interesan los asuntos internacionales, las cuestiones económicas y las problemáticas de las ciencias sociales en general.

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