Le Moulin de la Galette (1876)

Comenzamos una serie de artículos destinados a explicar, de manera breve y sencilla, los orígenes, el desarrollo y las consecuencias de la última crisis económica mundial. En este primer artículo, hacemos foco en la historia del siglo veinte para entender los hechos y situaciones que dieron forma a la economía mundial globalizada de la actualidad.

La belle époque

A principios del siglo XX, el mundo atravesaba una larga fase de paz y crecimiento económico. En efecto, desde la derrota de Napoleón en 1815, no había tenido lugar ninguna gran guerra que enfrentase entre sí a las potencias europeas. Por otra parte, el avance técnico de la revolución industrial impulsaba el intercambio y la interconexión comercial de las naciones a niveles nunca antes vistos. Esta sensación de prosperidad, paz social e internacional caracterizó a los años que van desde finales del siglo XIX al inicio de la primera guerra mundial.

En el cuadro Le Moulin de la Galette (1876) el pintor impresionista Jean Renoir captura el sentimiento de paz y prosperidad de la burguesía francesa de la época.

Pero los frutos del progreso no eran disfrutados por todos. En la propia Europa, las grandes ciudades industriales estaban pobladas de obreros con bajos salarios, que habitaban en condiciones insalubres y contaban con escasa o nula legislación laboral que protegiese sus derechos. Por otra parte, hacia finales del siglo XIX se intensifica la política colonial de las potencias, con Francia e Inglaterra abarcando la casi totalidad del continente africano. En su momento de apogeo, Gran Bretaña llegó a dominar el 25% de la superficie mundial, siendo conocido como “el imperio donde siempre brilla el sol”.

En cuanto a América Latina, también se encontraba plenamente inserta en el orden global. A diferencia de las áreas coloniales de África y Asia, los países latinoamericanos gozaban de independencia política aunque en muchos casos la unidad territorial y la consolidación del Estado eran bastante recientes. Por otra parte, su principal fuente de ingreso era la exportación de unos pocos productos primarios, siendo altamente vulnerables a cualquier fluctuación en la demanda de los mismos.

Asimismo, la larga paz Europea se vería pronto interrumpida. Las tensiones aumentaban mientras países como Italia y fundamentalmente Alemania, de reciente formación y gran pujanza económica, intentaban hacerse un lugar en el orden dominado por Gran Bretaña. A su vez Estados Unidos, que tenía una tradición política de no intervenir en los asuntos europeos, ya se perfilaba como la mayor economía mundial. La desconfianza recíproca y los años de tensiones acumuladas entre las potencias europeas, serían la antesala de la Primera Guerra Mundial

La crisis del ’30: De la belle époque al keynesianismo.

El período que va desde 1914 hasta 1945 es sumamente turbulento. En términos ideológicos, aparecen el fascismo italiano, el nazismo y el comunismo soviético como alternativas a la democracia occidental. Estallan dos guerras mundiales de una violencia y destrucción inéditas en la historia, mediadas por una breve pausa de veinte años. En términos económicos, el período presenta también hechos de trascendencia que afectarán significativamente el desarrollo de las décadas siguientes. En efecto, la primera guerra mundial deja exhaustas a las naciones europeas. El anteriormente dinámico comercio internacional no retomaría por mucho tiempo su nivel de preguerra y EEUU empieza a desplazar a Inglaterra como centro financiero mundial.

Pero sería también en Estados Unidos donde estallará un nuevo y dramático escenario de crisis. En efecto, vencedor en la primera guerra mundial, EEUU experimenta una década de estabilidad y crecimiento económico en la década de 1920. Pero mientras las perspectivas de la economía real permanecían buenas, la ola de optimismo desataba una euforia desmedida en los mercados financieros.

La cuestión es que con el tiempo, se fueron formando expectativas desmedidas en los mercados. De hecho, para 1929 iba quedando claro que la avidez de los inversionistas por apostar a las empresas que cotizaban en bolsa había llegado a un nivel desmesurado, que poco tenía que ver con la actividad y las perspectivas de venta y crecimiento de esas mismas empresas. Paradójicamente, uno de los primeros en notarlo fue la FED (la Reserva Federal, el “Banco Central de EEUU, actor fundamental de aquí en más), pero su accionar fue errático: intentó subir las tasas de interés para frenar la especulación, pero esta medida sólo logró perjudicar más a las empresas aumentando así la brecha entre las cotizaciones en bolsa y la marcha de la economía real. El resultado lógico: como toda burbuja, la fiebre bursátil de los años veinte tuvo su formación, su crecimiento y finalmente explotó en octubre de 1929.

Década de los ’30: Ante el pánico reinante, la gente se agolpa a retirar sus depósitos de los bancos.

Aquí llega el momento de hacer un paréntesis. Sin duda, el “crack de 1929” causó numerosas pérdidas entre los inversores que hicieron apuestas poco realistas. Ahora bien, uno podría preguntarse en qué afecta esto al “hombre de a pie”, aquel que trabaja en actividades industriales, comerciales o agrícolas que poco tienen que ver con la sofisticación financiera de Londres o Nueva York. Bueno, alguien respondió que bastante y que depende qué tan bien empresarios y gobiernos reaccionen a los hechos, muchísimo más.

Ese alguien era el economista inglés John Maynard Keynes. Para quienes no lo conocen, repito una ilustrativa frase con la que recientemente me crucé en un libro de economía “Winston Churchill y Keynes son dos de los seis ingleses más importantes del siglo veinte. Y también los únicos dos de esos seis que no fueron integrantes de los Beatles”. Su pensamiento tendría particular importancia a partir de la crisis desatada en 1930, iniciada por el estallido bursátil del año anterior.

En efecto, hasta la década de 1930 el pensamiento económico dominante sostenía que era necesario dejar actuar a los mercados con la mayor libertad posible, ya que se equilibraban y corregían por sí mismos, y cualquier intervención del Estado en la economía sólo podía causar distorsiones que alejaran del equilibrio y la prosperidad general. Estos eran los postulados de la escuela llamada clásica, liberal u “ortodoxa”, y eran universalmente aceptados en la época. Por eso mismo, la posición de los gobiernos al comienzo de la crisis de 1930 fue la de esperar a que las fuerzas del mercado se reacomodasen por sí solas y la economía volviese a crecer.

No obstante, el tiempo pasaba y las cosas sólo tendían a empeorar. La crisis bursátil causó pánico en los mercados. Los bancos sufrieron cuantiosas pérdidas, primero por financiar a gran parte de los especuladores y luego ante la cantidad de personas que presas del pánico general, se agolpaban en las puertas de sus sucursales queriendo retirar sus depósitos. A su vez, las pérdidas financieras y las corridas bancarias hicieron que el crédito para las empresas virtualmente desapareciera, trasladando ya las consecuencias desde la economía financiera a la economía real. Ante el malestar generalizado, la economía entra en recesión, las empresas quiebran y aumenta descomunalmente el desempleo.

Nos encontramos así con la situación que la teoría económica clásica no podía explicar: ¿Cómo, existiendo las instalaciones industriales apropiadas, la gente disponible y con voluntad de trabajar y el progreso científico y tecnológico tan robusto como siempre, es decir con nuestra capacidad de producir riqueza intacta, teníamos sin embargo recesión y desempleo? Y aquí es donde interviene Keynes: si bien en el largo plazo es lógico que las cosas se equilibren para que la economía aproveche plenamente la mano de obra, el capital y la tecnología disponible, en el corto plazo se podían dar situaciones que requieran la intervención de la autoridad pública para restaurar el equilibrio de mercado. En particular, existen determinados precios que son rígidos para ajustarse en el corto plazo y volver al equilibrio, y los inversionistas son muy sensibles a las expectativas y estados de ánimo (llamados por Keynes “animal spirits”) en la toma de decisiones. En estos casos función reguladora del Estado podía ser justificada y benéfica para la economía. Tales premisas revolucionaron el debate económico en las décadas subsiguientes.

Pero lamentablemente, el impacto de la crisis de 1930 no se limitó al campo de las ideas económicas. El fin del financiamiento norteamericano sumió en la crisis a una Europa que a duras penas estaba resolviendo los problemas pendientes de la primera guerra mundial. Particularmente en Alemania, el estallido de la crisis contribuyó a la caída del débil gobierno democrático de la época y el posterior ascenso de Hitler. En términos de comercio, las dificultades económicas hicieron que cada país velara por su propio bien, aplicando las llamadas “políticas de empobrecimiento del vecino”. Las mismas consistían en devaluación para favorecer las exportaciones, trabas a las importaciones y el abandono del patrón oro (que anteriormente daba estabilidad a las monedas) en una búsqueda desesperada de ganar mercados a expensas de otros países. Algunos economistas sostienen que fueron este tipo de medidas unilaterales las que, al buscar cada país el beneficio propio y no una salida coordinada a la crisis, causaron la mayor parte del daño a nivel mundial. Una situación como esta es la que se intentó evitar con las reuniones del G20 al estallar la crisis mundial de los últimos años.

Sin duda, Europa se llevó la peor parte: ante el mal desempeño económico de las democracias occidentales, adquirieron prestigio salidas autoritarias a la crisis, ya que la Alemania nazi y la Rusia soviética, con economías cerradas, crecían a pesar de la crisis. Peor aún: debilitadas económica y políticamente Francia e Inglaterra no pudieron mantener los términos de la débil paz impuesta al final de la Primera Guerra mundial, mientras eran testigos pasivos del rearme de Alemania.

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En Europa, la crisis económica facilitó el ascenso de líderes totalitarios. En la foto, Hitler con Mussolini.

Los treinta gloriosos o la edad dorada del capitalismo occidental.

La segunda guerra mundial se inicia en 1939 con la invasión de Hitler a Polonia y termina en 1945 poco después del lanzamiento de las bombas atómicas sobre Japón. Nunca se había vivido un episodio de tal magnitud. En términos de pérdida de vidas humanas, destrucción material, y utilización de la tecnología para los peores fines imaginables, no tuvo igual.

Sobre el final de la contienda los Aliados, sabiéndose ya vencedores, empezaron a preocuparse por darle forma al mundo de posguerra. En el área económica, las penurias de la década de 1930 eran recientes y no habían sido plenamente superadas. En este contexto se da la reunión de Bretton Woods, EEUU, en 1944. En la misma se acuerdan los principios que regirían el nuevo orden económico.

En cuestiones monetarias, se establece al dólar estadounidense como moneda de referencia. El dólar debía estar respaldo por oro, y el valor del resto de las monedas debía establecerse en relación al dólar. Se crearon las llamadas “instituciones de Breton Woods”: el Banco Mundial (inicialmente ideado para la reconstrucción de Europa, luego se reorientará a financiar proyectos en países en desarrollo) y el Fondo Monetario Internacional (inicialmente pensado para velar por la estabilidad monetaria y desbalances comerciales, luego… bueno, ya lo veremos). Finalmente, se proyectó la creación una Organización Internacional del Comercio, que no pudo llegar a materializarse. No obstante, los principios fundamentales del nuevo comercio internacional quedaron consagrados en el GATT (Acuerdo General sobre Comercio y Aranceles), una suerte de acuerdo comercial macro, que irá evolucionando progresivamente hasta convertirse en la actual Organización Mundial del Comercio en 1994.

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John Maynard Keynes: Sus ideas influenciaron de forma decisiva la economía del siglo XX.

Ya consagrados los principios keynesianos o “heterodoxos”, entre el fin de la segunda guerra mundial y mediados de los años ’70, Estados Unidos y Europa Occidental iniciaron un largo período de crecimiento y bienestar conocidos como la edad de oro o “los treinta gloriosos”. Establecida la intervención regular del Estado, se aplicaron políticas activas para estimular la economía. A su vez, se inicia un ciclo virtuoso en el cual los aumentos de la productividad permiten mayores salarios, los cuales aumentan las ventas de las empresas y posibilitando nuevamente nuevos incrementos salariales e inversión en tecnología que expandiera nuevamente la productividad. Los gobiernos occidentales crearon todo un andamiaje de “Estado de Bienestar”, con legislación laboral progresista, beneficios sociales para sectores vulnerables de la población, servicios públicos de calidad, etc.

América Latina ensayaría un modelo similar a partir de su política de industrialización por sustitución de importaciones (también llamado modelo ISI). En efecto, ya desde la primera guerra mundial se registraba una caída duradera en los precios de las materias primas que exportaba. Pero el golpe de gracia al modelo de exportación primaria ocurrió con la crisis de los años 1930, a partir de la completa desarticulación del comercio internacional. Ante esta situación, los países de América Latina comienzan, en diverso grado y con disímiles resultados, a plantearse la necesidad de desarrollar industrias sustitutivas de importaciones. Este proceso, fuertemente alentado desde el Estado, promovió la urbanización, el empleo y el progreso social en la región.

En la década de 1950 estas tendencias aparecen consolidadas en una teoría propia llamada “estructuralismo” o “teoría cepalina”. Se planteaba que ante el deterioro progresivo en los términos de intercambio (es decir, el hecho de recibir cada vez menos por los productos que nos compran y tener que pagar cada vez más por los que compramos), América Latina debía iniciar un sendero propio a la industrialización y el desarrollo. En la región, líderes como Frondizi o Kubitschek encarnaron esta tendencia. No obstante, la misma padecía de algunas limitaciones crónicas (de gran interés analítico, pero que no llegaremos a explayar en este artículo) y se puede considerar que hacia la década de los setenta el proceso se encontraba mayormente agotado en la región.

La crisis de la década de 1970.

Para inicios de la década de 1970, el proceso de crecimiento “keynesiano” estaba mostrando algunos signos de agotamiento. En particular, por más de que EEUU había delineado el nuevo régimen mundial a su medida, el mismo le estaba resultando gravoso en una serie de aspectos. En primer lugar, nos encontramos en tiempos de Guerra Fría, Estados Unidos era el encargado de la defensa de todo el mundo occidental ante la Unión Soviética y sus aliados. Esto resultaba en una carga financiera muy alta, aún más con la Guerra de Vietnam (1964-1973). A su vez, la paridad dólar oro le quitaba competitividad a la economía norteamericana, en una época en la cual Europa y Japón estaban plenamente recuperados y compitiendo activamente en el comercio mundial.

En este escenario, Estados Unidos abandona la paridad dólar-oro, el primer pilar del orden de posguerra en 1971. Es famosa la frase de John Connally, Secretario del Tesoro de los Estados Unidos, quien dijo a los europeos “El dólar es nuestra moneda, pero es su problema”. De aquí en más, se inaugura un complejo sistema de flotación entre las monedas que irá siendo delineado a través de los siguientes años por acuerdos entre las principales economías occidentales.

En efecto, el esquema keynesiano ya comenzaba a agotarse por problemas propios pero esto fue agravado por algunos shocks externos. En particular, en 1973 y luego en 1979 la inestabilidad en Medio Oriente lleva a saltos exponenciales en el precio del petróleo. A esta altura, la base energética mundial dependía fuertemente de los hidrocarburos, de los cuales Europa, Japón y EEUU eran importadores netos. De esta forma, al estar el petróleo íntimamente relacionado a casi todos los procesos productivos en la economía, los aumentos de precio tuvieron un notable efecto inflacionario. Los mismos, sumados al alto nivel de gasto público y la política monetaria laxa de las décadas anteriores, agravaron el problema inflacionario. Estas presiones, junto con el agotamiento productivo del modelo, determinaron el escenario de estanflación (estancamiento con inflación) de los años ‘70.

Durante esta década, los gobiernos occidentales intentaron reanimar la economía con los estímulos tradicionales, sin lograr destrabar ni la situación inflacionaria ni la productiva. La tendencia en el debate económico iba cambiando, y gana preeminencia una nueva escuela llamada “monetarista” o “neoliberal” que volvía a las ideas “ortodoxas” de libertad de mercado para atacar “la irresponsabilidad fiscal e inflacionaria” de los postulados keynesianos.

Finalmente, el cambio de tendencia llega también a los gobiernos. En 1979, Paul Volcker asume en la Reserva Federal de EEUU con un programa anti inflacionario que derivaría en la recesión de los años 1980-82. En el mismo año, Margaret Thatcher asume en Gran Bretaña e inicia el proceso de liberalización de la economía. Igual camino tomaría Ronald Reagan como presidente de EEUU entre 1981 y 1988. Los tiempos estaban cambiando en los países centrales, inaugurándose una nueva etapa de economía donde el sector financiero ocuparía un lugar predominante y la inflación lograría controlarse de manera definitiva, pero se producen retrocesos sobre los avances sociales de posguerra.

Con la asunción de Reagan y Thatcher, los países central marcan en los ’80 un dramático cambio de rumbo en términos políticos y económicos.

En América Latina, la crisis del modelo de Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI) cerca de agotarse en los años 1970, tuvo salidas disímiles. Algunos simplemente lo abandonaron. Pero en otros países intentaron mantenerlo mediante todos los medios, dado el altísimo costo social de la desindustrialización. En todos los casos surgió la misma tentación: la deuda. En efecto, para la década del 1970 existía una banca internacional en crecimiento y en busca de operaciones internacionales. Aún más, había un exceso de liquidez que permitía prestar a bajas tasas. El mismo se explicaba por las ganancias petroleras árabes, depositadas en bancos occidentales y el propio ahorro de los países desarrollados, que ante la situación de estanflación no encontraba oportunidades para invertir en sus países de origen.

Ante este panorama, los países latinoamericanos aprovecharon el momento para endeudarse masivamente. Es que durante los años ’70, los precios de las materias primas estaban altos y endeudarse era barato. Pero en los ochenta la situación será exactamente la inversa…


Hasta aquí llega este primer artículo. En la siguiente entrada, veremos el proceso por el cual, luego de la caída del muro de Berlín se forma una economía globalizada que presenta nuevas oportunidades pero también una significativa inestabilidad financiera. Nos adentraremos también de forma más específica en los principales actores mundiales (EEUU, Europa, China, América Latina), incorporando su situación económica y política hasta el estallido de la crisis. Haremos ya foco en la formación de las burbujas financiera e inmobiliaria en los EEUU, el estallido de la crisis y sus consecuencias inmediatas. Reservaremos así para una última entrada el análisis de las políticas implementadas por los distintos países para sortear la crisis, las consecuencias de la misma al día de hoy y las lecciones que podemos extraer de estas experiencias.

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Franco A. Tarducci

Licenciado en Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de Rosario. Actualmente cursando estudios de Maestría en Finanzas en la misma Universidad. Me interesan los asuntos internacionales, las cuestiones económicas y las problemáticas de las ciencias sociales en general.

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